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Las mujeres que limpian el corazón de Tumaco

Las mujeres de la asociación Fénix, apasionadas por el medio ambiente, trabajan en la recolección, clasificación, transformación y comercialización de la basura de Tumaco. Un grupo de mujeres que decidió soñar.

 

Las calles pavimentadas terminan pronto. Luego de dos o tres cuadras cerradas con militares al sol, el paisaje cambia. Las construcciones palafíticas inundan el barrio. Resguardan basura, plástico, desechos y dan sombra a la siesta de algún perro que pasó mala noche. Arriba, las maderas pálidas y frágiles albergan la vida del Once de Noviembre de Tumaco. Un barrio que llena su aire con el sonido del reggaetón o del vallenato que explota en cada casa. Y el tiempo parece detenido, estancado en la pobreza. En pausa, como si se apretara el control del televisor y la imagen quedara congelada para siempre. Y solo avanza, solo cuenta su historia, cuando los periódicos relatan las pérdidas y el dolor. Curioso barrio, en donde hay vida cuando se habla de la muerte.

 

O se hablaba, porque los tiempos también cambian y el viento del pacífico, con su angustia y sus marimbas, a veces trae buenas noticias. A pocos metros de un brazo cualquiera del río Rosario, al fondo del barrio, dos lotes parecen contradecir la realidad. El primero, aún sin construir, abre paso, a través de un caminito de piedra, a una casa recién levantada. A la entrada una pancarta que arrastra la luz: Asociación de Reciclaje Fénix; en su interior un grupo de mujeres que decidió soñar. 

 

Una de ellas, María Isabel. Nació en la vereda Río Mexicano de Tumaco, pero su familia la trajo al Once de Noviembre cuando todavía estaba en el colegio. Desde entonces, cuando ve un problema busca una solución. Fue en 2015 cuando decidió recoger firmas de mujeres embarazadas y ancianos para que el agua llegara a todas las casas del barrio. Luego se convirtió en la líder de setenta mujeres –¡setenta familias!– con el programa gubernamental Familias en Acción (ella no tendría más de treinta años, pero su edad es aún una incógnita). Y de liderar surgió la idea de cambiar no solo el barrio, sino también la vida de su equipo de mujeres.

 

Basura en la calle, tubos de agua rotos, pescadores que pescan botellas plásticas y el puente del Pindo que nunca se quedaba seco y que ahora ha perdido el mar. La tierra, en Tumaco, daba señales de que algo no iba bien. María Isabel lo entendió, no sin dolor y decidió actuar. Era el medio ambiente, pero también el sustento diario de miles de familias. Así nació Fénix en el 2016, una Asociación de Mujeres que quiso, que quiere, mostrarle al mundo que lo que muchos ven como basura para ellas es luz.

 

De la asociación hacen parte mujeres que han enfrentado la violencia y la pobreza en un barrio afectado por el conflicto armado, muchas incluso han llegado a este desplazadas de zonas rurales de Tumaco. El Consorcio de Alianza por la Solidaridad, Médicos del Mundo y Fundación Plan, financiado por ECHO, identificó este proyecto y las necesidades de sus mujeres. Les brindaron atención psicosocial, aliviando dolores del pasado y dándole seguridad a un contexto que requiere de todas sus fuerzas. Ahora las mujeres le dan una nueva forma a la basura y a su vida, no solo a través de la atención psicosocial, sino también interiorizando prácticas de higiene, manipulación saludable de alimentos y el uso del filtro de agua familiar entregado por el Consorcio.

 

Fénix comenzó su historia con María Isabel y treinta mujeres. Apasionadas todas por el medio ambiente: se capacitaron en la recolección, clasificación, transformación y comercialización de la basura de Tumaco. Pero también frente a cómo solucionar problemas, a cómo replicar su mensaje y a cómo dignificar su rol como mujeres dentro de una sociedad que siempre les ha puesto barreras, que siempre las ha tenido en un escalón inferior.

 

Alianza por la Solidaridad observó con cuidado el potencial de estas mujeres y decidió ir más allá de la atención humanitaria brindada a finales del 2018. Bajo el proyecto "Fortalecidas las capacidades de las Organizaciones de la Sociedad Civil para un desarrollo local sostenible con enfoque diferencial y de género,” financiado por la Unión Europea, decidió apoyar a la asociación con su constitución legal. Les ofreció herramientas para que desarrollaran conocimientos en liderazgo, comunicación asertiva, procesos administrativos y gestión, incluso impulsando la primera postulación de proyecto para acceder a fondo de la Gobernación de Nariño: un proceso de fortalecimiento para mejorar su calidad de vida y así, la calidad de vida su comunidad. ¡Vamos Pueblo Carajo!, se lee en la camiseta de una de ellas. Y las mujeres, con el impulso de Alianza y con su ímpetu también, no han parado de crecer.

 

Sobran ejemplos. En el Morro, famosa playa de Tumaco, acordaron con los kioscos que recogerían la basura y les entregarían a cambio canecas hechas de las botellas de plástico que ahora no terminarán en el mar; en los colegios han inspirado a profesoras que transmiten el conocimiento a las alumnas, como en el Colegio Santa Teresita, en donde ya se hizo el primer Reinado Ecológico; y con las Agencia de Reinas y Modelos del Pacífico (organización de base que hace parte del proyecto financiado por Unión Europea) enseñan a las mujeres a transformar la basura en accesorios que luego harán parte de su cotidianidad. Esos mismos aretes de plástico en forma de flor que utiliza María Isabel cuando dice, “a mí me gusta soñar en grande y quiero dejar un legado cuando me muera, que se sepa que hicimos algo y que nuestro mensaje se multiplique de generación en generación”.

 

Fénix demuestra que las mujeres sí pueden, que son verracas, que sueñan, planifican, construyen y crecen, que transforman su realidad, que dignifican sus vidas, que son líderes de su municipio y su comunidad. Una comunidad que no creyó en ellas, que las trató de desocupadas y que ahora la felicita y las impulsa. Un barrio que ya no tira las botellas a la calle, sino que las entrega a estas mujeres que soñaron con darle un nuevo valor a la basura. Basura que ahora, es su nuevo reto, se proponen intercambiar por alimentos no precederos y por artesanías de plástico: todo para que la gente aprenda a reciclar, para que la vida que se había quedado estancada en el tiempo y en la pobreza vuelva a rodar y que las calles del barrio no estén más llenas de desesperanza, sino de la sonrisa de estas incansables mujeres. María Isabel tiene razón en una cosa: “No se necesita la guerra para solucionar los problemas”.

 

Carlos Ospina Marulanda
Mayo 2019